Hay algo en el clima electoral que vuelve a ciertos personajes particularmente visibles. Cuando un candidato toma aire de triunfo empiezan a brotar como flores de estación los llamados don consejos. Son una especie peculiar, mezcla de oráculo doméstico, estratega improvisado y sabio de sobremesa. No se sabe bien de dónde salen, pero aparecen en todas partes: en las reuniones sociales, en los grupos de WhatsApp, en entrevistas y columnas de los diarios, en las cartas al director y, por supuesto, en cuanto café o asado se arme un sábado por la tarde.
Un amigo, rector de una universidad italiana, recién aterrizado en Chile, descubrió este fenómeno antes incluso de pisar tierra firme. “Algo curioso tienen ustedes”, comentó mientras sacudía el sueño del viaje. “Basta estar en un avión para escuchar a varios chilenos hablando a viva voz —que todos oigan— sobre dónde estuvieron, con quién se reunirán, o qué personaje importante los espera. Todo en tono de anuncio público, como si el resto de los pasajeros necesitara aquella información para vivir”. Era su primer contacto con la fauna local del alza-voz: esa mezcla de protagonismo y necesidad de reconocimiento que aflora sin que nadie la haya convocado.
Pues bien, los don consejos son primos hermanos de esos alza-voz. Ambos comparten un rasgo: hablan aunque nadie les pregunte, opinan aunque nadie los necesite, aconsejan aunque nadie les haya pedido consejo. El don consejo aparece frente al candidato presidencial con absoluta naturalidad —como quien comenta la hora— para indicarle cómo debe organizar su futuro gabinete, cuáles son los perfiles adecuados, qué medidas debe tomar en los primeros cien días y cómo asegurar la gobernabilidad. Todo esto sin haber movido un solo dedo para conseguir un voto, sin haber pegado un cartel, conversado con un vecino o recorrido una feria. Pero la autoridad con la que hablan es digna de un estratega de campaña curtido en mil batallas.
Baltasar Gracián habría puesto el grito en el cielo. Él, que advertía en El Discreto que ningún sabio serio prodiga consejos a quien no los ha solicitado, vería en estos personajes el perfecto ejemplo de lo que se debe evitar: el consejero inoportuno, el que confunde la cortesía con la intromisión. Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, distinguía entre el consilium (consejo) y el imperium (mandato), y añadía que hay quienes disfrazan de consejo lo que en realidad es un deseo de mandar sin responsabilidad. Y el Manual de Carreño, con su sentido común decimonónico, recordaría que la prudencia exige no fastidiar a los demás con opiniones que nadie ha solicitado, especialmente en asuntos que no nos competen.
Pero don consejos no lo sabe. Él pontifica. Él pautea. Él orienta. Y lo hace con ese tono de semidiós doméstico que parece verlo todo desde un balcón privilegiado. Uno lo escucha y casi puede imaginarlo sentado en un sillón de cuero, al estilo de los flâneurs parisinos que describía Renan: personajes que, sin comprometer un solo pelo de su comodidad, dictaban tareas heroicas a otros, mientras brindaban en los Campos Elíseos con una copa de Dom Perignon. Renan los llamaba “generales del sofá”: expertos en peligrosas travesías… desde la seguridad de su living.
El chileno, por su parte, tiene su propio proverbio para esta fauna: “El que poco hace, mucho aconseja”. Y no falta quien remate con un seco: “Si tanto sabe, ¿por qué no se presenta él?”. Pero no, don consejos jamás se presentará. Aconsejar desde la distancia es mucho más cómodo que comprometerse en serio. Requiere menos coraje, menos sacrificio y, sobre todo, cero responsabilidad: si algo sale mal, siempre puede decir que “no lo hicieron bien”.
El candidato haría bien en distinguir la voz genuina de quienes buscan el bien común — esa voz prudente, serena, que habla cuando debe y calla cuando conviene— del bullicio arrogante de los don consejos. Porque nada enreda más a un gobierno naciente que los estrategas de pasillo, los expertos de sobremesa y los planificadores que jamás han pisado la calle.
Los pueblos, como las personas, se juegan su futuro entre quienes construyen y quienes opinan desde lejos. Los primeros ponen el hombro; los segundos ponen la frase. Y en política, donde hay tanto en juego, conviene recordar esta máxima sencilla: “Consejo no pedido, consejo perdido.”
O mejor dicho: consejo peligroso. Porque el verdadero sabio no alza la voz ni pontifica a la pasada. El verdadero sabio acompaña, ayuda, sostiene y, si es necesario, corrige. Los demás, los don consejos, seguirán hablando. Para eso no necesitan ni permiso… ni responsabilidad.
Santiago del Nuevo Extremo, 23 de Noviembre del 2025. Fiesta de Cristo Rey.
Nota:
Las entregas de Polites News, no son artículos académicos, sino escritos de divulgación para un público general, que no siempre tiene acceso a las discusiones y autores que inspiran muchas de las ideas en boga.

El Autor: Juan Carlos Aguilera P.
Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra.
Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.
Fundador del Club Polites.
Contacto: clubpolites@gmail.com