Chile vive, sobre todo, una crisis moral y cultural que ha erosionado silenciosamente los vínculos que sostienen la vida en común. Robert N. Bellah en el texto Hábitos del Corazón, aunque escrito hace ya varias décadas y en el que analiza la sociedad norteamericana, adquiere plena actualidad al momento que se vive en Chile. En dicho texto el autor sostenía que cuando los hábitos del corazón se debilitan, la libertad se vacía de contenido y la comunidad se convierte en una agregación frágil de individuos solitarios.
Bellah entendía por hábitos del corazón aquellas disposiciones morales y culturales que orientan la vida cotidiana. Son los hábitos que permiten decir nosotros sin anular el yo, y afirmar la libertad sin disolver la responsabilidad. Cuando estos hábitos se rompen, la sociedad no se desintegra de inmediato, pero comienza a vivir de rentas morales que tarde o temprano se agotan.
Chile ha experimentado precisamente ese proceso. Durante décadas se fue consolidando un individualismo expresivo que redujo la vida buena a la satisfacción subjetiva. El lenguaje de los derechos se separó progresivamente del lenguaje de los deberes, y la noción de bien común fue desplazada por una suma de demandas fragmentadas. El estallido, la violencia normalizada, la desconfianza institucional y la crisis de autoridad no fueron un accidente, sino el síntoma visible de un corazón social deshabituado de la virtud cívica.
En Hábitos del corazón, Bellah advertía que el individualismo, cuando se absolutiza, termina por socavar aquello mismo que promete proteger. Una sociedad que ya no educa en la pertenencia, en la lealtad y en el sacrificio compartido, se vuelve incapaz de sostener la libertad. No porque falten derechos, sino porque faltan personas dispuestas a hacerse cargo de algo más que de sí mismas.
Este diagnóstico resulta particularmente pertinente para el Chile que dejará atrás una etapa marcada por la ingeniería social, la inflación ideológica y una concepción reductiva de la persona. El intento de “fabricar” la sociedad desde abstracciones identitarias debilitó aún más los vínculos en las instituciones y sociedades que dan vida a la república: la familia, la escuela, el barrio y las asociaciones libres.
La asunción del gobierno de emergencia y de unidad nacional, de José Antonio Kast abre, en este contexto, una posibilidad estupenda. No se trata simplemente de un giro político, sino de la oportunidad de iniciar una reconstrucción moral y cultural, a nivel de la sencillez y naturalidad de la vida social, encarnada en la amistad cívica. Por ejemplo, en la virtud más importante que permite una sociedad vital y alegre como es la gratitud. Dar las gracias, a quien recoge la basura, al chofer de la micro, a la señora que hace aseo en el metro, puede resultar un bálsamo social de efectos insospechados.
En este sentido, la responsabilidad de nosotros los ciudadanos de pie, resulta ineludible, porque ninguna política pública puede sustituir los hábitos del corazón. Aunque la política puede crear condiciones favorables para su florecimiento.
Chile necesita volver a aprender el lenguaje de la responsabilidad compartida. No como consigna moralizante, sino como experiencia vivida. Bellah insistía en que las sociedades sanas narran su vida común a través de historias que otorgan sentido. Por eso, recuperar un relato de austeridad, gratitud, de esfuerzo, servicio y esperanza resulta hoy indispensable.
La tarea del próximo gobierno es gigantesca en orden a la emergencia que vivimos, pero también es nuestra responsabilidad, pues Chile somos todos.
Santiago del Nuevo Extremo, 16 de Diciembre del 2025.
Nota:
Las entregas de Polites News, no son artículos académicos, sino escritos de divulgación para un público general, que no siempre tiene acceso a las discusiones y autores que inspiran muchas de las ideas en boga.

El Autor: Juan Carlos Aguilera P.
Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra.
Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.
Fundador del Club Polites.
Contacto: clubpolites@gmail.com