Mientras la crítica a la universidad moderna se multiplica —y con razón—, pocos se han detenido a describir con la misma precisión cómo debería ser una universidad viva. Derrick no lo hace desde la nostalgia ni desde la utopía, sino desde la experiencia real de un college donde el escepticismo no se celebraba, sino que se superaba.
En Huid del escepticismo, Derrick relata un tiempo y un lugar donde el estudio era una forma de encuentro con la verdad, no una técnica para la supervivencia profesional. Aulas sencillas. Libros fundamentales. Profesores que no eran ideólogos ni burócratas, sino maestros. Y estudiantes que no necesitaban protección emocional, sino que se sentían convocados a crecer. No era un refugio del mundo, sino una preparación para habitarlo con sentido.
Allí, el pensamiento no era una excusa para el cinismo, sino un camino hacia la verdad. La filosofía no era un ejercicio de sospecha nietszcheano, sino una guía. Y la literatura, una exploración del alma humana, no un pretexto para victimismos. Se hablaba de Dios sin vergüenza. De muerte sin morbo. De amor sin comillas. Es decir, se hablaba de lo que importa, con respeto, claridad y sencillez.
Lo que Derrick encontró fue una comunidad del saber humano, de inteligencia y afecto, donde el saber no era mercancía, sino forma de vida. Donde el profesor no se escondía detrás de un PowerPoint, sino que se sentaba con sus alumnos a leer, a compartir lo esencial. Donde el currículo no respondía a las agendas del momento, sino a las preguntas eternas. Y donde la formación no se reducía a un listado de habilidades y competencias propias del homo faber, sino que implicaba una transformación interior.
Ese college no era perfecto. Pero era verdadero. Y eso bastaba. Porque allí no se fingía pluralismo. Se pensaba con libertad. No se recitaban protocolos sino que se cultivaba el juicio. Tampoco se adoraban identidades más bien se configuraba el carácter. En dicho lugar, no había gestión de emociones, pues se formaban personas.
La gran enseñanza de Derrick no es sólo la crítica a la universidad contemporánea. Es el testimonio de que otro modo de enseñar y aprender es posible. No depende de presupuestos ni de tecnología. Depende de personas, de libros y tiempo compartido en silencio y de una cierta reverencia por la verdad, sin la cual todo saber se vuelve estéril.
Si alguna vez vamos a recuperar el alma de la universidad, será siguiendo un modelo semejante. No copiando formas, sino recuperando el fondo: la idea de que el estudio es una forma de salvación. De que el alma puede ser elevada a través de la palabra verdadera; del diálogo fecundo, germen de la amistad; de la belleza descubierta en una clase sin micrófono ni pantallas. De que la verdad es real, y vale más que la aprobación.
Hoy, cuando casi todo lo académico se ha vuelto cálculo, simulacro y discurso vacío, volver a ese college no es una evasión romántica: es un acto de resistencia. Es volver a confiar que la inteligencia, cuando se ejercita con humildad y se le ofrece la verdad como alimento nutricio, vuelve a ser fecunda.
Derrick no escribió una teoría, fue un testimonio de la casa del saber común que hace posible que florezca la verdad y vivifique el bien en un ambiente de armónica belleza. De este modo, al decir de Platón, se escribe en el alma de los alumnos que se convierten en herederos de lo invisible, de la sabiduría que no se ve ni se toca, como el amor, pero que sin embargo es la raíz fontanal de la vida.
El Nacional, 13 de abril de 2026
https://www.elnacional.com/columnas/2026/04/herederos-de-lo-invisible/

El Autor: Juan Carlos Aguilera P.
Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra.
Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.
Fundador del Club Polites.
Contacto: clubpolites@gmail.com