Quizá uno de los grandes desafíos culturales contemporáneos consista precisamente en recuperar una comprensión más humana de la salud: una comprensión que reconozca el valor de la medicina sin convertirla en religión política.
Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Europa era un continente devastado. En medio de aquella reconstrucción material y moral nació la Organización Mundial de la Salud, cuya Constitución de 1946 introdujo una definición que transformaría profundamente la manera de comprender la medicina y, con el tiempo, incluso la propia condición humana. La salud dejó de ser entendida como simple ausencia de enfermedad para convertirse en “un estado de completo bienestar físico, mental y social”.
La fórmula parecía expresar un noble ideal humanitario. Sin embargo, detrás de aquella definición se escondía un cambio cultural y político de enormes consecuencias. Durante siglos, la tradición hipocrática había concebido la salud como un equilibrio razonable del organismo. La enfermedad formaba parte de la fragilidad humana y la medicina tenía como finalidad aliviar el sufrimiento con prudencia, no construir una sociedad perfecta.
La nueva definición alteró radicalmente esa perspectiva. La medicina comenzó a desplazarse desde el tratamiento de enfermedades hacia la administración integral de la vida humana. No se trató de un accidente conceptual. Detrás de esa redefinición existían autores concretos y una determinada visión política del hombre y de la sociedad. Andrija Štampar, uno de los arquitectos intelectuales de la OMS, sostenía que “el médico del futuro será un trabajador social con conocimientos médicos”. Henry Sigerist fue todavía más explícito al afirmar que “la medicina es una ciencia social, y la política no es más que medicina a gran escala”.
A partir de entonces, la vivienda, la educación, la alimentación, la sexualidad y las relaciones familiares comenzaron a integrarse dentro del discurso sanitario. El bienestar pasó lentamente a absorber dimensiones cada vez más amplias de la existencia humana. El problema fundamental se encuentra precisamente en el concepto de “completo bienestar”. Ningún ser humano vive en un estado permanente de plenitud. La existencia está marcada por el límite, el sufrimiento y la vulnerabilidad. Convertir el bienestar en criterio absoluto significa transformar la salud en una meta inalcanzable y, por lo mismo, en un campo ilimitado de intervención política.
Con el tiempo, la medicina comenzó a extenderse más allá de hospitales y consultorios para penetrar en la vida cotidiana. La tristeza empezó a medicalizarse, el envejecimiento fue presentado como patología y la ansiedad ordinaria comenzó a requerir intervención farmacológica. Daniel Callahan advirtió tempranamente que una sociedad incapaz de aceptar el sufrimiento terminaría buscando soluciones técnicas para eliminar cualquier forma de dolor, incluso al precio de sacrificar la propia dignidad humana.
Robert Spaemann observó que detrás de esta expansión sanitaria se escondía un profundo reduccionismo antropológico. El hombre comenzaba a ser entendido no como una persona orientada hacia la verdad y dotada de dignidad intrínseca, sino como un conjunto de necesidades susceptibles de administración técnica. Michel Foucault describió este fenómeno mediante el concepto de biopolítica. El poder moderno ya no se limita a gobernar territorios: gestiona cuerpos, conductas, hábitos y expectativas vitales.
La eutanasia y el aborto, presentados como “derechos de salud”, pertenecen también a esta lógica cultural. Cuando el bienestar se convierte en valor absoluto, la vida comienza a evaluarse según parámetros de utilidad, autonomía o satisfacción subjetiva. El paso desde la protección de la vida hacia la administración de vidas consideradas dignas o indignas se vuelve entonces peligrosamente breve.
Frente a esta expansión tecnocrática, la tradición filosófica clásica recorrió un camino distinto. Aristóteles enseñaba que la vida buena no consistía en la ausencia de sufrimiento, sino en la práctica de la virtud.
Quizá uno de los grandes desafíos culturales contemporáneos consista precisamente en recuperar una comprensión más humana de la salud: una comprensión que reconozca el valor de la medicina sin convertirla en religión política; que proteja la dignidad de la persona sin absorber toda la existencia bajo categorías sanitarias; que recuerde, en definitiva, que la salud es un bien precioso, pero no el bien supremo.
La Prensa Gráfica, 20 de mayo de 2026
https://www.laprensagrafica.com/opinion/la-salud-como-instrumento-de-poder-20260519-0088.html
