La herencia hispana de América. Evangelización, mestizaje y formación de una civilización

La herencia hispana de América suele contemplarse como un conjunto de vestigios dispersos, edificios antiguos, nombres de ciudades y ceremonias que han sobrevivido al paso de los siglos. Sin embargo, está presente en la lengua con que pensamos y conversamos, en las plazas donde se encuentran nuestros pueblos y ciudades, en las universidades y los hospitales, en las formas de cultivar la tierra,  en los alimentos que compartimos y en las iglesias donde rezamos. También vive en las familias, donde memorias de procedencias distintas llegaron a formar una pertenencia común. Comprender esa herencia exige volver sobre el encuentro que dio origen a Hispanoamérica.

Ese encuentro reunió pueblos que hasta entonces habían vivido separados y transformó la existencia de ambos. América recibió animales, cultivos, herramientas, instituciones y formas de conocimiento; Europa incorporó productos y experiencias que modificarían su alimentación, su economía y su comprensión del mundo. El mestizaje y la evangelización ocuparon un lugar central en la formación de una civilización cuyos habitantes fueron haciéndose americanos mediante vínculos familiares, religiosos, económicos y culturales.

La Monarquía hablaba de las Indias y de sus reinos, organizados mediante virreinatos, reales audiencias, capitanías generales y gobernaciones. La Recopilación de leyes de los reinos de las Indias conserva esa concepción en su propio título. Reducir aquella organización a una imagen uniforme de colonias impide comprender su arquitectura institucional. La precisión histórica exige estudiar conjuntamente las instituciones, las normas y las condiciones efectivas de quienes vivían bajo ellas.

La dimensión cristiana del encuentro tuvo un hito temprano en La Isabela, en la actual República Dominicana. Allí, el 6 de enero de 1494, fray Bernardo Boyl presidió la primera misa solemne documentada del proceso colombino. Aquella celebración anunciaba una presencia religiosa que dejaría una huella duradera en la vida americana. La fe acompañaría la formación de familias, el aprendizaje de lenguas y la fundación de escuelas, hospitales y templos. Su difusión estuvo atravesada por dificultades y contradicciones, pero llegó a convertirse en un principio de organización y creación cultural.

Diez años después, Isabel la Católica expresó una obligación que merece ser recordada. En su codicilo del 23 de noviembre de 1504 mandó que los habitantes de las Indias no recibieran «agravio alguno en sus personas ni bienes» y que las ofensas cometidas fueran reparadas. Evangelización y justicia quedaban vinculadas. La finalidad religiosa imponía responsabilidades a gobernantes y conquistadores, y proporcionaba un fundamento para reclamar contra sus abusos. La protección de los naturales no dependía solamente de la benevolencia de un particular; debía formar parte de las obligaciones de quienes ejercían la autoridad.

Las Leyes de Burgos, promulgadas el 27 de diciembre de 1512, pertenecen a ese esfuerzo por someter la expansión a reglas. Regularon aspectos del alojamiento, la alimentación, la enseñanza religiosa y el trabajo indígena y establecieron períodos de descanso y límites a determinados servicios. Su importancia reside en haber impuesto obligaciones al encomendero y reconocido que el trato de los naturales estaba sujeto a intervención regia.

Las Leyes Nuevas de 1542 formularon una prohibición más explícita de esclavizar a los indígenas y ordenaron revisar las situaciones de esclavitud existentes. También dispusieron restricciones al transporte de cargas y a actividades que pusieran en peligro sus vidas. La aplicación encontró resistencias y sufrió retrocesos, de manera que la norma no puede confundirse con su cumplimiento. Aun así, los documentos muestran una exigencia concreta de protección. La encomienda no otorgaba jurídicamente la propiedad de las personas y la conducta del encomendero podía ser juzgada por una autoridad.

La bula Sublimis Deus, promulgada por Paulo III en 1537, afirmaba la capacidad de los indígenas para recibir la fe y rechazaba que su condición de no cristianos justificara privarlos de libertad y bienes. La dignidad humana proporcionaba un criterio para examinar los actos de la conquista. Esta preocupación encontró expresión posterior en la Recopilación, sancionada en 1680 e impresa en 1681. Sus disposiciones reconocían autoridades indígenas, bienes comunitarios y mecanismos de protección. El ordenamiento muestra una sociedad con comunidades y derechos propios, cuya realidad no cabe en la imagen de una población enteramente disponible para la extracción de riqueza.

El mestizaje dio a esa sociedad su expresión más íntima. En los hogares comenzaron a reunirse lenguas, recuerdos y costumbres que habían nacido en mundos distintos. Hubo relaciones impuestas, abandono y desigualdad, pero también matrimonios reconocidos y vínculos duraderos. Las generaciones siguientes recibieron una experiencia que ya no podía dividirse entre lo europeo y lo americano. El mestizaje fue tomando forma en los nombres, la alimentación, la educación de los hijos y las prácticas religiosas, hasta convertirse en una de las realidades constitutivas de Hispanoamérica.

Un testimonio significativo es el matrimonio de Beatriz Clara Coya, hija del inca Sayri Túpac, con Martín García de Loyola, sobrino nieto de san Ignacio. El enlace reunió una casa de la nobleza inca con un linaje hispánico y tuvo una dimensión política inseparable de los conflictos de la conquista. Su hija, Ana María Lorenza de Loyola Coya, marquesa de Santiago de Oropesa, contrajo matrimonio en Madrid en 1611 con Juan Enríquez de Borja, bisnieto de san Francisco de Borja. La historia familiar prolongó así, a ambos lados del Atlántico, una ascendencia americana reconocida dentro del nuevo orden.

Los lienzos cusqueños que representan ambos enlaces ofrecen una expresión visible de esa memoria. En ellos, el linaje inca aparece incorporado a una representación cristiana y nobiliaria compartida. La historia de los descendientes de Moctezuma muestra otra continuidad familiar entre América y España. Sus genealogías permiten seguir la incorporación de la ascendencia mexica a familias españolas durante los siglos posteriores. Estos casos no representan toda la sociedad virreinal, pero prueban que el origen indígena podía conservarse públicamente y transmitirse como parte de una pertenencia familiar que atravesaba fronteras y generaciones.

El mestizaje produjo también una voz intelectual propia. El Inca Garcilaso de la Vega hizo de su doble pertenencia una posibilidad de comprensión histórica. En los Comentarios reales, publicados en 1609, la memoria andina encontró expresión en castellano y entró en conversación con el humanismo de su tiempo. La lengua recibida le permitió conservar una herencia familiar, discutir interpretaciones ajenas y comunicar una experiencia americana. Su obra muestra que quienes nacían en el continente participaban activamente en la elaboración de la cultura que estaba formándose.

Otros autores ampliaron ese horizonte. El jesuita mestizo Blas Valera investigó el pasado andino y fue una de las fuentes utilizadas por Garcilaso. El franciscano Jerónimo de Valera publicó en Lima, en 1610, comentarios de lógica aristotélica y escotista. En Nueva España, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl conservó en castellano la historia de Texcoco, mientras su hermano Bartolomé trasladó al náhuatl obras del teatro español. La convivencia de tradiciones produjo historiografía, filosofía y representación dramática. La memoria indígena podía encontrar nuevos medios de expresión y participar en instituciones que, pese a sus barreras sociales, hicieron posible esa actividad.

En Chile, fray Alonso o Ildefonso Briceño merece un lugar entre los primeros filósofos nacidos en aquellas tierras. Nacido en Santiago en 1587 y fallecido en 1668, cultivó la filosofía escotista y escribió una obra que circuló en el ámbito intelectual europeo. Su figura testimonia el arraigo americano de una tradición filosófica que había llegado con las órdenes religiosas. La formación de una civilización exigía personas capaces de estudiar, argumentar y enseñar. América comenzaba a intervenir en esas tareas desde sus propias ciudades y comunidades.

El castellano facilitó la comunicación entre pueblos muy diferentes, pero la evangelización impulsó también un trabajo prolongado de aprendizaje y descripción de las lenguas indígenas. Fray Domingo de Santo Tomás publicó en Valladolid, en 1560, su gramática quechua. Alonso de Molina dio a la imprenta en 1571 su vocabulario castellano-náhuatl y su gramática de la lengua mexicana. El misionero necesitaba conocer las palabras con que una comunidad nombraba el mundo. Ese esfuerzo dejó instrumentos que todavía permiten estudiar lenguas, conceptos y formas de vida anteriores a muchas de sus transformaciones posteriores.

El repertorio fue considerable. Maturino Gilberti publicó un arte del purépecha en 1558; Juan de Córdova estudió el zapoteco en 1578 y Antonio de los Reyes el mixteco en 1593. Luis de Valdivia publicó trabajos sobre mapudungun, allentiac y millcayac a comienzos del siglo XVII. Se sumaron la gramática quechua de Diego González Holguín, la muisca de Bernardo de Lugo, el arte guaraní de Antonio Ruiz de Montoya y el mochica de Fernando de la Carrera. La composición y la publicación no siempre coincidieron. El arte del náhuatl de Andrés de Olmos, terminado en 1547, permaneció manuscrito durante siglos.

La imprenta llegó a México en 1539 mediante una empresa vinculada a la casa sevillana de Juan Cromberger, en la que trabajó Juan Pablos. En Lima, Antonio Ricardo imprimió en 1584 la Doctrina cristiana y catecismo para instrucción de los indios, por disposición del Tercer Concilio de Lima. El volumen reunió castellano, quechua y aimara y fue el primer libro impreso en Sudamérica, aunque lo había precedido un breve impreso sobre la reforma del calendario. La traducción religiosa quedó así vinculada al comienzo de la actividad editorial del subcontinente.

La conservación de las culturas indígenas tuvo asimismo protagonistas religiosos y americanos. Bernardino de Sahagún en la Historia general de las cosas de Nueva España o ‘Códice Florentino’, lleva a cabo  un recorrido por las costumbres, las tradiciones, la historia y el lenguaje de los mexicas, de este modo recogió un testimonio fundamental del mundo nahua gracias a la participación de informantes y colaboradores indígenas. Sus conocimientos hicieron posible una obra que hoy forma parte del patrimonio documental reconocido por la Unesco. La evangelización podía acompañarse del estudio de las comunidades a las que se dirigía. Aunque ese estudio estuviera condicionado por sus fines religiosos, dejó registros indispensables para conocer creencias, prácticas y memorias que difícilmente habrían llegado hasta nosotros de la misma manera.

Las universidades revelan otra dimensión de aquella sociedad. Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo, recibió una bula fundacional en 1538. San Marcos, en Lima, fue fundada por real cédula el 12 de mayo de 1551; la Universidad de México recibió la suya el 21 de septiembre del mismo año y abrió solemnemente en enero de 1553. Las diferencias entre autorización pontificia, reconocimiento regio y continuidad institucional aconsejan prudencia al proclamar una única primera universidad. Lo sustancial es la temprana voluntad de establecer estudios superiores en América y formar personas para la enseñanza, la vida religiosa y el gobierno.

La expansión alcanzó Bogotá, Córdoba y Chuquisaca, y más tarde Guatemala, Huamanga, Cusco, Caracas y La Habana. Santiago de Chile recibió la cédula de San Felipe en 1738 y Guadalajara la suya en 1791. La historiadora Águeda Rodríguez Cruz sitúa en torno a treinta las fundaciones americanas entre 1538 y 1812, aunque algunas tuvieron una existencia fugaz. Su importancia radica en haber abierto espacios duraderos de estudio.

La atención a los enfermos ofrece una prueba igualmente material. El Hospital de San Nicolás de Bari, en Santo Domingo, fue fundado en 1503. En México, el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora, conocido después como Hospital de Jesús, existía ya en 1524 y fue sostenido por Hernán Cortés. Lima contó con Santa Ana, San Andrés, la Caridad y San Lázaro; Santiago, con Nuestra Señora del Socorro, después San Juan de Dios. Cada fundación requería bienes, personas y compromisos destinados a sostener una asistencia que debía prolongarse más allá de la vida de sus promotores.

Los pueblos-hospital de Vasco de Quiroga y el Hospital Real de los Naturales de México muestran la amplitud de esa preocupación. El hospital reunía entonces funciones de acogida, asistencia y atención espiritual que excedían las de un centro sanitario actual. La medicina disponible era limitada y no pudo impedir las grandes epidemias. Sin embargo, el sufrimiento del enfermo movilizó recursos y dio lugar a instituciones permanentes. La caridad cristiana adquirió una forma pública e institucional que debe incorporarse al juicio sobre aquellos siglos.

La formación americana tuvo también un fundamento agrícola. Antes de la llegada de los españoles existían tradiciones de cultivo de gran complejidad, adaptadas a condiciones geográficas muy diferentes. Maíz, papa y otros productos sostenían sociedades con conocimientos propios de la tierra y del agua. La aportación hispana se incorporó a ese mundo mediante nuevos cultivos, animales y herramientas. El resultado varió según los territorios, pero transformó las posibilidades de alimentación, transporte y trabajo. La agricultura se convirtió en uno de los ámbitos más profundos del encuentro, porque alcanzaba la subsistencia cotidiana y la continuidad de las comunidades.

Trigo y cebada, lentejas y garbanzos, vides, cítricos, manzanos y perales comenzaron a cultivarse en tierras americanas donde encontraron condiciones favorables. Su adaptación exigió trabajo y experiencia. No bastaba con transportar semillas o plantas; era necesario conocer estaciones, suelos y disponibilidad de agua. Los agricultores fueron ajustando las prácticas recibidas a cada lugar, y las nuevas especies entraron en relación con cultivos ya arraigados. El paisaje agrario adquirió así una composición que las generaciones siguientes terminarían reconociendo como propia, aunque sus productos hubieran tenido orígenes muy distantes.

La introducción de animales amplió esa transformación. Llegaron caballos y ganado bovino, ovino, caprino y porcino, junto con gallinas. Las reses proporcionaban carne y cueros; las ovejas, lana; los animales de tiro y carga facilitaban labores y desplazamientos. La ganadería modificó el uso del territorio y dio origen a formas de trabajo que se integrarían en las culturas regionales. El manejo de los rebaños, la elaboración de alimentos y el aprovechamiento de sus materiales relacionaron el campo con los talleres y las ciudades. La vida rural comenzó a organizarse alrededor de actividades complementarias.

El caballo merece especial atención por la profundidad de su arraigo. Las comunidades americanas lo hicieron propio y desarrollaron maneras de montar, conducir animales y recorrer extensiones que antes exigían otros medios. Monturas, riendas y aperos dieron trabajo a talabarteros y herreros. La producción de carros vinculó carpintería, metal y animales de tiro. La aplicación de la rueda al transporte y a nuevos mecanismos de trabajo amplió capacidades existentes, sin que deba confundirse con el desconocimiento absoluto de su principio, pues se conservan objetos prehispánicos provistos de ruedas.

La agricultura enlazó, además, territorios alejados mediante el intercambio de alimentos. La formación del mundo rural chileno ofrece un ejemplo de esa relación. La demanda peruana de trigo, especialmente desde fines del siglo XVII, estimuló la producción de distintas zonas de Chile y vinculó sus campos con los mercados del virreinato. El cultivo requería transporte, almacenamiento y comercialización, de manera que su actividad alcanzaba a numerosas personas más allá del agricultor. Los reinos americanos fueron desarrollando relaciones económicas que contribuían a sostener ciudades y poblaciones separadas por grandes distancias.

La Cartilla de campo de comienzos del siglo XIX, conservada por la Biblioteca Nacional de Chile, permite observar el arraigo de aquella experiencia rural. Describe faenas de vendimia, fabricación de aceites, manejo de caballos y mulas, y trilla. El año agrícola reunía conocimientos prácticos que debían transmitirse y coordinarse. La tierra exigía perseverancia, previsión y cooperación. Sus frutos dependían de un trabajo continuado que vinculaba a las familias con el lugar que habitaban. Una parte fundamental de la herencia hispana quedó incorporada a esos saberes, muchas veces transmitidos mediante la experiencia antes que mediante los libros.

La mesa familiar conserva la memoria de ese intercambio. El trigo y las carnes introducidas se reunieron con productos americanos en preparaciones que adquirieron expresiones regionales. El pan, los guisos y las comidas festivas comenzaron a formar parte de hábitos compartidos. También el calendario religioso ordenaba tiempos de celebración y abstinencia que influían en la alimentación. Lo que había llegado de ambos lados del Atlántico terminó reuniéndose en una misma cocina. La agricultura y la ganadería hicieron posible esa convivencia cotidiana de herencias, cuyo significado cultural suele pasar inadvertido precisamente porque continúa acompañándonos.

La evangelización fue asimismo una ocasión para enseñar oficios. En San José de los Naturales, Pedro de Gante vinculó estudios elementales con artes y trabajos manuales. Las tradiciones americanas de orfebrería, tejidos y construcción encontraron nuevas herramientas, procedimientos y encargos. Carpinteros, herreros, plateros y talladores atendieron necesidades de viviendas, templos y actividades productivas. El encuentro no borró la competencia técnica indígena; la puso en relación con otros conocimientos y formas de organización. Los talleres fueron lugares de aprendizaje donde las destrezas podían transmitirse y dar origen a obras nuevas.

La ciudad hizo visible un orden de convivencia. La plaza, el cabildo, el templo y los mercados de abastos reunían funciones políticas, religiosas y económicas. Las disposiciones sobre población, tierras, aguas, caminos y obras públicas buscaban atender necesidades concretas del asentamiento. Muchas ciudades conservan esa relación entre el centro cívico y la vida cotidiana, aunque hayan crecido sobre espacios americanos anteriores y experimentado transformaciones profundas. La plaza permanece como lugar de encuentro porque la ciudad fue concebida también como un ámbito donde las personas pudieran reconocerse y participar de una vida común.

La arquitectura religiosa adquirió expresiones locales mediante el trabajo de quienes conocían los materiales y los lugares. La catedral del Cusco, San Francisco de Quito y los templos misionales de Chiquitos conservan testimonios de tradiciones regionales distintas dentro de una misma cultura cristiana. En ellos se reunieron construcción, talla, pintura, dorado y labores de plata. El edificio era también un lugar de enseñanza y celebración. Las comunidades fueron incorporándolo a su memoria, hasta hacer de aquellas obras una presencia familiar en el paisaje de sus pueblos y ciudades.

La pintura muestra con especial claridad la participación americana. Juan Gerson realizó en Tecamachalco, en 1562, un conjunto de escenas bíblicas. En el Cusco, Diego Quispe Tito y Basilio Santa Cruz Pumacallao contribuyeron a una pintura cristiana de expresión andina. En Quito, Miguel de Santiago y Bernardo de Legarda enriquecieron una tradición de talleres donde pintura y escultura se relacionaban con otras destrezas. La aportación indígena posee un valor propio y no debe confundirse siempre con ascendencia mestiza. El mestizaje cultural se reconoce en la transformación de los modelos mediante manos, materiales y experiencias americanas.

La poesía añadió otra forma de elaboración. Sor Juana Inés de la Cruz reunió la tradición literaria castellana con referencias americanas e incorporó el náhuatl a sus villancicos. Estos textos, destinados a celebraciones religiosas, relacionaban poesía, música y pluralidad de voces. Garcilaso, los hermanos Alva y Sor Juana muestran que la cultura hispanoamericana pudo conservar memorias locales y producir obras de alcance universal. El castellano se convirtió en una lengua desde la cual era posible expresar experiencias nuevas y hacerlas comprensibles más allá de su lugar de origen.

La música ofreció un camino especialmente fecundo. Pedro de Gante advirtió la importancia del canto y la danza en la vida nahua y recurrió a esas prácticas para comunicar contenidos cristianos. En los Andes, el Hanacpachap cussicuinin, himno mariano en quechua dispuesto a cuatro voces, apareció en 1631 en el Ritual formulario publicado por Juan Pérez Bocanegra en Lima. Su autoría no está establecida con certeza. La obra reúne lengua andina, polifonía de tradición europea y devoción cristiana, y permite escuchar una expresión concreta del encuentro cultural.

Los villancicos de Juan de Araujo incorporaron también representaciones de voces afroamericanas a las celebraciones cristianas. Compositores, cantores, instrumentistas y copistas de procedencias diversas participaron en la formación de repertorios locales. Los archivos de Chiquitos y Moxos conservan miles de hojas de música sacra que testimonian esa actividad y su transmisión posterior. Las comunidades siguieron cultivando la música después de la expulsión de los jesuitas. El repertorio recibido llegó a pertenecer a quienes lo interpretaban y conservaban, mediante una continuidad que hizo de la enseñanza una memoria viva.

La evangelización enlaza buena parte de estos esfuerzos. La necesidad de predicar impulsó gramáticas y traducciones; la formación religiosa acompañó escuelas, universidades y talleres; la caridad promovió hospitales, y la liturgia reunió arquitectura, poesía, pintura y música. La fe se volvió americana mediante la participación de las comunidades que la recibieron. Esa relación ayuda a comprender la unidad de una obra que tuvo causas y protagonistas diversos. La formación de Hispanoamérica fue un proceso prolongado, en el que instituciones, familias y formas de trabajo adquirieron arraigo mediante la vida de sucesivas generaciones. Recuperar esta herencia exige una memoria justa. También los indígenas han de aparecer como personas que defendieron derechos, conservaron memorias y contribuyeron a formar la sociedad. La independencia política reorganizó vínculos anteriores, pero la fe, la lengua, las familias, la agricultura y las costumbres siguieron dando continuidad a una pertenencia compartida. Conocer esa obra nos permite recibir el pasado con gratitud y discernimiento, cuidar sus bienes y transmitir a nuestros hijos una herencia abierta al trabajo, al servicio y a la responsabilidad por el mundo que habitamos.

El Autor: 
Juan Carlos Aguilera P.
Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra.
Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.
Fundador del Club Polites.
Contacto: clubpolites@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio