La desaparición de la madurez política

Una de las mayores debilidades de las democracias contemporáneas no consiste únicamente en la polarización, la fragmentación partidaria o la pérdida de confianza en las instituciones. Más profunda que todas ellas existe una crisis encubierta: la desaparición progresiva de la madurez política. Las instituciones solo pueden permanecer sanas cuando quienes las dirigen poseen un determinado grado de madurez moral, intelectual y política. 

Durante décadas hemos discutido acerca de modelos económicos, sistemas electorales, reformas constitucionales o derechos sociales. Todo ello es importante. Sin embargo, existe una condición previa que suele permanecer oculta. Ninguna arquitectura institucional puede sostenerse durante mucho tiempo si quienes la habitan carecen de la madurez necesaria para gobernar. Las leyes pueden limitar abusos, las constituciones pueden distribuir competencias, los tribunales pueden controlar excesos, pero ninguna institución sustituye la calidad moral e intelectual de quienes ejercen el poder.

La madurez política no depende de la edad ni de la experiencia acumulada. Tampoco es sinónimo de habilidad táctica o capacidad para ganar elecciones. Un político puede llevar décadas en cargos públicos y seguir siendo profundamente inmaduro. Del mismo modo, un partido con larga trayectoria histórica puede comportarse con una deplorable inmadurez institucional. La madurez constituye, antes que nada, una cualidad moral e intelectual que permite comprender la naturaleza de la vida política, distinguir lo permanente de lo pasajero y subordinar los intereses particulares a las exigencias del bien común.

Quizá uno de los mayores errores de la política contemporánea haya sido reducir toda discusión pública a la administración de intereses y la política termina reducida a marketing, cálculo electoral y administración de encuestas.

En este sentido, Aristóteles sostenía que la ciudad existe para hacer posible la vida buena, no simplemente para garantizar la supervivencia o administrar intereses contrapuestos. Por eso el gobernante debía poseer phronesis, la prudencia, esa virtud que permite deliberar rectamente acerca de los medios adecuados para alcanzar el bien común. La prudencia no es lentitud ni indecisión. Es la capacidad de juzgar la realidad sin dejarse dominar por las pasiones, los prejuicios o la presión del momento. Jenofonte en su Ciropedia describió de manera notable las características del gobernante.

Esta enseñanza parece hoy lejana. Vivimos en una cultura política donde la rapidez suele confundirse con eficacia y la espontaneidad con autenticidad. Las redes sociales han comprimido el tiempo de la deliberación hasta convertir la reacción inmediata en una exigencia permanente. Todo debe responderse en minutos. Todo debe convertirse en espectáculo. El dirigente que reflexiona parece vacilar, quien duda parece débil, quien escucha parece carecer de liderazgo.

Pero una democracia no puede sostenerse sobre impulsos oclocráticos.

Pues existe una diferencia fundamental entre juventud e infantilismo. La primera constituye una etapa natural de la vida y aporta energía, creatividad y renovación. El infantilismo, en cambio, es una actitud espiritual que puede instalarse tanto en un dirigente de treinta años como en uno de setenta. Consiste en creer que toda limitación constituye una injusticia, que toda tradición representa un obstáculo y que la historia comienza con cada generación. El infantilismo rechaza la experiencia porque identifica toda herencia con opresión. Confunde libertad con improvisación y novedad con progreso.

Edmund Burke advirtió este peligro. Frente al entusiasmo revolucionario afirmó que una sociedad no podía reconstruirse desde teorías abstractas ignorando la experiencia acumulada por generaciones enteras. La comunidad política —escribió— constituye una alianza entre los muertos, los vivos y quienes todavía no han nacido. Esa afirmación contiene quizá una de las definiciones más profundas de la madurez política. El gobernante verdaderamente maduro sabe que no inaugura la historia. Administra una herencia que ha recibido y de la cual deberá responder ante quienes vendrán después. El gobernante maduro es, en clave ciceroniana, el guardián de la república.

La inmadurez comienza precisamente cuando esa conciencia desaparece. Entonces el poder deja de entenderse como una responsabilidad y pasa a concebirse como una oportunidad para imponer la propia voluntad. Cada gobierno pretende refundarlo todo. Cada mayoría se considera autorizada para borrar el trabajo de la anterior. Las instituciones dejan de ser patrimonio común para convertirse en instrumentos de una facción. La política se transforma así en una sucesión interminable de comienzos que nunca llegan a consolidar una auténtica continuidad histórica.

Václav Havel experimentó personalmente las consecuencias de esa degradación. Después de vivir bajo el totalitarismo comunista comprendió que la primera condición de toda regeneración política no consistía en conquistar el poder, sino en recuperar la verdad. En El poder de los sin poder mostró que los regímenes comienzan a debilitarse cuando las personas dejan de colaborar con la mentira institucionalizada. La madurez política exige precisamente ese coraje. Significa aceptar que existen momentos en que conservar la verdad resulta más importante que conservar un cargo. Ningún dirigente madura mientras continúe subordinando sus convicciones a la conveniencia inmediata.

Aleksandr Solzhenitsyn llegó a una conclusión semejante. En su célebre Vivir sin mentiras sostuvo que las sociedades no se destruyen únicamente por la violencia, sino también por la aceptación cotidiana de pequeñas falsedades. La mentira termina modelando el carácter de quienes la utilizan hasta hacerles incapaces de distinguir entre la realidad y la propaganda. Tal vez uno de los signos más evidentes de inmadurez política sea precisamente esa disposición permanente a adaptar la verdad a las necesidades de la estrategia electoral.

No resulta casual que ambos autores procedieran de sociedades sometidas al totalitarismo. Habían comprobado que la decadencia política comienza mucho antes del colapso institucional. Empieza cuando los ciudadanos y, sobre todo, sus dirigentes dejan de considerar la verdad como un bien irrenunciable.

Tatiana Goricheva añadió una dimensión todavía más profunda a este diagnóstico. Sus reflexiones sobre la cultura contemporánea muestran que la inmadurez política tiene raíces antropológicas y espirituales. Allí donde desaparece la capacidad de sacrificio, de memoria y de trascendencia, la sociedad comienza a buscar sustitutos en la ideología, el consumo o el activismo permanente. El hombre infantil necesita causas que le permitan evitar la responsabilidad de gobernarse a sí mismo. 

Esta observación posee una enorme importancia. La inmadurez política nunca aparece aislada. Es la manifestación pública de una inmadurez antropológica más profunda. Ninguna comunidad puede aspirar a formar gobernantes prudentes si previamente ha dejado de formar personas capaces de gobernarse a sí mismas. La primera escuela de la política continúa siendo la forja del carácter.

Romano Guardini abordó esta cuestión desde el problema del poder. Ninguna sociedad puede prescindir de él. Toda comunidad necesita autoridad, dirección y capacidad de decisión. Pero el poder solo conserva legitimidad cuando reconoce sus propios límites. El dirigente maduro sabe que la autoridad no le pertenece. La ejerce temporalmente al servicio de una realidad que lo trasciende. Cuando el poder deja de entenderse como servicio comienza lentamente a transformarse en dominio despótico. Y cuando el dominio despótico sustituye al servicio, la política pierde su fundamento moral.

Todo esto resulta especialmente visible en la evolución reciente de los partidos políticos.

Antaño, los partidos fueron auténticas escuelas de formación cívica. Sus miembros estudiaban historia, filosofía política, economía, derecho constitucional y doctrina. Existía una lenta educación del carácter. Los futuros dirigentes aprendían a deliberar, a negociar, a escuchar y a comprender que la política no consiste únicamente en conquistar el gobierno, sino en conservar la estabilidad de la república. 

Esta concepción comenzó a debilitarse desde hace varias décadas atrás. Poco a poco el éxito electoral fue sustituyendo a la excelencia moral como principal criterio para evaluar a los dirigentes. La eficacia desplazó a la virtud; la estrategia reemplazó a la prudencia; la comunicación terminó ocupando el lugar del carácter. El político dejó de ser considerado un servidor de la comunidad para convertirse progresivamente en un gestor de apoyos, un administrador de expectativas o un experto en conquistar audiencias. 

Hoy, numerosos partidos políticos han terminado convirtiéndose en plataformas electorales o agencias de comunicación. Reclutan candidatos antes que formar dirigentes. Premian la visibilidad antes que la competencia. Sustituyen el estudio por el eslogan y la reflexión por la consigna. Han dejado de formar varones y mujeres de Estado para producir especialistas en campañas. 

No debe sorprender, entonces, que asistamos a una creciente infantilización de la política. Vivimos en una cultura que premia la reacción inmediata, la consigna simple y la confrontación permanente. Las redes sociales aceleran el tiempo político hasta extremos desconocidos. Todo debe responderse en minutos; toda reflexión pausada parece debilidad; toda duda es interpretada como falta de liderazgo. En semejante escenario resulta extraordinariamente difícil cultivar la serenidad que exige el gobierno de los asuntos públicos.

Robert Michels advirtió hace más de un siglo un peligro que hoy parece plenamente vigente. Su conocida «ley de hierro de las oligarquías» mostraba que toda organización tiende naturalmente a concentrar el poder en una minoría dirigente. Sin embargo, Michels no afirmaba que ese proceso fuera inevitablemente perverso. El verdadero problema aparece cuando las élites partidarias dejan de concebirse como servidoras de una comunidad política y comienzan a actuar exclusivamente para preservar su propia posición. En ese momento el partido deja de representar una causa común y pasa a convertirse en un fin en sí mismo.

Alfredo Cruz Prados ha insistido en que ninguna comunidad política puede sostenerse sin un ethos compartido. Las instituciones no viven únicamente de normas jurídicas. Necesitan hábitos, virtudes y convicciones que permitan orientar el ejercicio del poder hacia el bien común. Rafael Alvira ha recordado igualmente que toda sociedad sana posee inevitablemente una función educativa. Los partidos no deberían limitarse a organizar elecciones. Deberían formar ciudadanos capaces de comprender la dignidad del servicio al público y la responsabilidad inherente al gobierno.

Quizá ahí se encuentre la diferencia más profunda entre un partido maduro y uno inmaduro. El primero piensa en generaciones, el segundo únicamente en la próxima elección. El primero prepara dirigentes mejores que sus fundadores, el segundo gira alrededor de caudillos, grupos de influencia o lealtades personales. El primero protege las instituciones incluso cuando ello perjudica sus intereses inmediatos, el segundo las debilita cada vez que dejan de favorecerlo. El primero comprende que la política consiste en custodiar un patrimonio común, el segundo la reduce a una competencia permanente por el poder. El primero comprende que representa una tradición política, el segundo vive prisionero de la coyuntura.

Por eso la crisis actual de los partidos no es únicamente organizativa ni electoral. Es, sobre todo, una crisis de finalidad. Han dejado de preguntarse para qué existen. Y cuando una institución pierde conciencia de su misión, inevitablemente termina perdiendo también su sentido.

Las democracias necesitan alternancia, competencia y debate. Pero necesitan algo todavía más importante: dirigentes capaces de gobernarse a sí mismos antes de pretender gobernar a los demás. Aristóteles tenía razón al afirmar que quien no sabe ordenar su propia vida difícilmente podrá ordenar la ciudad. 

Quizá por ello la verdadera renovación política no dependa únicamente de nuevos liderazgos ni de nuevas coaliciones. Depende, sobre todo, de recuperar una antigua convicción que nuestra época parece haber olvidado: que el poder constituye una responsabilidad antes que un privilegio, que la autoridad nace del servicio antes que de la popularidad y que las grandes repúblicas nunca fueron edificadas por políticos brillantes pero inmaduros, sino por hombres y mujeres cuya primera victoria consistió en aprender a gobernarse a sí mismos. La madurez política comienza allí. Y quizá también allí comience la posibilidad de recuperar una democracia capaz de mirar más allá de la próxima elección para volver a pensar en las próximas generaciones.

Diario El Nacional, 09 agosto 2026
https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/la-desaparicion-de-la-madurez-politica/

El Autor: 
Juan Carlos Aguilera P.
Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra.
Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.
Fundador del Club Polites.
Contacto: clubpolites@gmail.com

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